PUESTOS LOS OJOS EN JESÚS

La Epístola a los Hebreos tiene un mensaje especial que no pierde su actualidad, a pesar de las diferencias de contexto. Esta epístola, está  dirigida a personas que tenían su origen en el judaísmo, y que, habiendo recibido a Cristo como su salvador ahora eran cristianos.

Ellos, corrían el riesgo de deslizarse, y poco a poco volver a aquellas cosas que habían dejado al conocer a Cristo. Tal peligro, también es el nuestro,  por esta razón, por medio de esta carta, Dios presenta, capítulo tras capítulo; como Jesús, es superior a todo cuanto podamos haber tenido y conocido antes.

El pueblo Hebreo escuchó la voz de Dios hablada por los profetas, sin embargo,  ahora tenemos cosas mejores. Dios nos ha hablado por medio de su Hijo. Jesús es  superior a los profetas. Cap. 1; 1,2

El pueblo privilegiado había tenido trato con los ángeles del cielo, pero Jesús se presenta como superior a los ángeles. Cap. 1:4

Aquellos hombres de antaño, conocieron a Moisés, que había sido fiel como siervo sobre la casa de Dios, pero, ahora el cristiano tiene a Jesús, que es fiel como Hijo sobre Su casa. Esto, coloca a Jesús como superior a Moisés. Cap. 3:3

A ellos, se les habló de un reposo entrando en la tierra prometida, y Josué, era la persona encargada de  introducirlos en esa tierra de la promesa. Nosotros, sabemos que  Jesús es quien da el verdadero reposo. Por lo cual: Jesús es superior a Josué. Cap. 4:3

La epístola a los Hebreos, es, en el Nuevo Testamento,  la que más nos enseña y describe el antiguo sacerdocio según el orden de Aarón, pero, también,  la que nos presenta a alguien superior a Aarón. Un Sumo sacerdote para siempre: Cristo Jesús, que traspasó los cielos. Cap. 4:14

Tenemos en esta epístola, las instrucciones y la mención de los sacrificios, pero también la exaltación del verdadero sacrificio de Cristo, hecho una vez para siempre; y una sangre mejor, que fue llevada al lugar santísimo. Por lo cual el Señor Jesús es superior a todo. Cap. 9: 12, 23 y Cap. 12:24

 Mejor como ofrenda y como sacerdote. Mejor su sangre preciosa que limpia de todo pecado y como garante de un mejor pacto.

En esta epístola, también tenemos descripta una gran nube de testigos, los cuales, a pesar de ser hombres sujetos a pasiones como nosotros, se destacaron por su fe. El capítulo 11 los resalta en algunos de sus hechos,  y nos dice. “teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, corramos la carrera con paciencia, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciado el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos Cáp. 12 1-2)

Así que la vida cristiana, podemos decir, que  es como una carrera que tenemos por delante, y que debemos correr con los ojos siempre puestos en lo alto, mirando al Señor Jesús.

Siempre hacia delante, y con los ojos en alto, ésa es la clave del éxito, para una vida cristiana feliz y victoriosa.

Hay alguien que debía correr hacia delante, pero sin embargo, se volvió para mirar atrás; porque atrás estaban las cosas que llenaban su corazón y que tanto le costaba dejar. Esa persona, fue la mujer de Lot (Génesis 19:26) quien quedó tiesa en el camino y  se  transformó en una estatua de sal.

Es fácil  ver el error de esta mujer, porque siempre nos resultan más evidentes los errores ajenos, pero, pensemos en nosotros y veremos cuantas veces, en nuestro corazón, miramos hacia atrás, viendo lo que tenemos que dejar si queremos seguir a Cristo en el camino angosto.

El pueblo rescatado de Egipto, salió contento y cantando. Sin embargo,  pronto se cansaron, y recordaron lo que tenían en Egipto, olvidando que allí estaban en esclavitud (Números 11:5)

La Palabra nos dice que “de estos también se desagradó Dios”,  y pagaron las consecuencias por haber mirado atrás.

“Jesús dijo: “Ninguno que poniendo sus manos en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9: 62)  No se puede hacer una senda derecha si se lleva el arado mirando hacia atrás.

Sin darnos cuenta, también miramos atrás, cuando no podemos olvidar nuestro pasado y no podemos perdonarnos, a pesar de que Dios nos perdonó. De esa manera se lleva una carga enorme sobre el alma, y esto impide el adelanto.

Si hemos creído y recibido a Cristo como nuestro Salvador, Dios nos perdonó todos los pecados, y lo atestiguó diciendo: “Y nunca más me acordaré de vuestros pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17) Por lo tanto, eso, ya no debe atormentarnos, sino por el contrario conducirnos a la adoración.

Considerando estas cosas, vemos que la vida cristiana, es semejante a seguir un  camino con la mirada hacia adelante, dejando ciertamente lo que queda atrás, y con la vista en alto; sacando la mirada de las cosas de la tierra.

El que mira hacia abajo, mira la tierra; y de lo terrenal no podremos tomar nada bueno; pues todo, está bajo los efectos del pecado. A nuestro alrededor todo es desolación, pero, arriba, en lo alto, está el Señor, y allí con él, toda nuestra esperanza.

Lo de abajo, pertenece a un reino muy cambiante. Lo de arriba pertenece a un reino inconmovible. Lo de la tierra, es pasajero y efímero, y como la Biblia lo describe, son “deleites temporales” (Hebreos 11:25) Nosotros, debemos pensar en las cosas que permanecen para siempre, “Contentos con lo que tenéis ahora, porque él dijo. No te desampararé ni te dejaré” (Hebreos 13:5)

Aunque resaltamos los peligros, de mirar hacia atrás o bajar nuestras miradas a las cosas terrenales, también corremos otro riesgo durante la marcha, y es: caminar mirando hacia los costados.

Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos que el camino no lo hacemos solos; hay otros creyentes como nosotros que marchan en la misma dirección.

Cuando el Señor Jesús resucitado, habló con Pedro, éste lo siguió, pero, se volvió, y vio que Juan también caminaba con ellos; entonces dijo a Jesús: Señor, ¿Y qué de éste? Jesús le dijo: … ¿qué a ti? , Sígueme tú” (Juan 21:21-22)

El que mira a los hermanos, que  transitan también por el camino, muchas veces sentirá la tentación de compararse con ellos. Si ellos caminan fielmente, a través  situaciones que a nosotros nos cuestan más, posiblemente esto despierte la envidia y la crítica, y diremos: ¡Claro, para ellos es fácil, porque no les pasa  lo que a mí! Y así, sin darnos cuenta nos justificaríamos, y nos conformaríamos con nuestro caminar; como si el que todos no tengamos las mismas vivencias en la vida, nos justificaría para  andar en debilidad.

Otras veces, veremos que hay hermanos que se van quedando estancados en su crecimiento, entonces, podría aflorar en nuestro corazón, la peor forma de los orgullos, que es el orgullo espiritual; y nos creeríamos superiores a nuestros hermanos que no estén tan avanzados en el camino.

Avanzar mirando a los hermanos, no es lo que nos enseña Palabra. ¡Cuántas veces por mirar a los hermanos, notaremos cosas decepcionantes y allí encontraremos un tropiezo aun mayor de lo que pensamos. Esto lo decimos, porque cuando nos decepcionamos con los demás, tenemos la tendencia de empezar a murmurar: Y El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez” (Santiago 4:11)

La murmuración brota de nuestros labios, y muchas veces, manifiesta que en las cosas que veníamos haciendo, no tuvimos un corazón íntegro para el Señor. 

Esto lo constamos, cuando al ver que los demás hacen cosas que nosotros ya no hacemos, porque sabemos que al Señor no le gusta, ni son convenientes; en lugar de sentir pena y orar por ellos, nos fastidiamos, porque, nosotros, abandonamos tales hábitos, vestimentas y costumbres, y ellos siguen adelante, sin que al parecer nadie les diga nada. Sentimientos así, no son buenos, pues uno, cuando hace algo para la gloria de Dios, lo debe  hacer “plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5)

Sin estar pendientes de lo que hacen los demás, ni por compromiso porque todos lo hacen. Por eso la Biblia dice: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa” (Colosenses 3:23)

 Caminemos mirando hacia adelante, y no hacia atrás. Adelante, está la meta. El premio del supremo llamamiento en Cristo Jesús (Filipenses 3:14)

Marchemos con los ojos en alto. “Poned la mira en las cosas de arriba y no en las de la tierra” (Colosenses 3:2)

Y no mirando hacia los costados, para no desviarnos ni a derecha ni a izquierda, (Proverbios 4:23)  Pues, si nuestra mirada está puesta en Cristo, haremos una realidad aquello que dice: Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3)

 Él Jamás nos decepcionará. Es a él, a quién debemos agradar siguiendo sus pisadas, y a quien debemos presentarle nuestros cuerpos, en sacrificio vivo (Romanos 12: 1)


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