LAS ORACIONES DE UNA MADRE

“Herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre” (Salmo 127:3) pensó aquella madre que ya teniendo tres hijos, se enteró que esperaba al cuarto, cuando ya había cumplido  40 años.

Los tiempos que vivía aquella familia, no eran fáciles por muchos motivos, sin embargo aquella mujer se llenó de gozo, y siendo una hija de Dios por la fe en Cristo Jesús, pensó que esta vez, el nombre para aquella criaturita que el Señor le confiaría, sería especial para su corazón.

Llevaría un nombre, no en memoria de los abuelos, ni parientes apreciados; ni tampoco aquellos nombres que suelen sonar lindos porque están de moda. Sino que sería un nombre bíblico, conforme a lo que le llenaba su corazón.

Así dio a luz un hijo varón, y le puso el nombre de un discípulo del Señor, al cual ella admiraba por ese gran amor y cercanía, que aquel discípulo gozaba con su Salvador.

Aquella madre, oró pidiéndole al Señor que su pequeño fuera un día como aquel varón de Dios, que tuvo tanto amor por su Señor. Oraba, para que un día su hijo fuese un creyente fiel, que hiciera honor a su nombre, pareciéndose en algo a aquel discípulo al cual Jesús amaba.

El niño fue creciendo, y los tiempos eran difíciles. Problemas familiares debilitaron la perseverancia de la fe en aquella familia, y  dejaron de congregarse regularmente.

Solamente una llama de fe se mantuvo con el correr de los años en aquella casa, la fe de aquella madre que todos los días, oraba al Señor.

Ella no dejó nunca de congregarse, pero, al hacerlo, generalmente sola, la asistencia se hacía difícil, Esto, debido a las distancias, los gastos y el tiempo que debía emplear ausentándose de su casa.

Los años iban pasando y en su corazón había gozo al saber que sus tres hijos mayores habían aceptado al Señor Jesús como su Salvador.

Su hijo más pequeño todavía era muy chico, pero aprendía con entusiasmo las historias bíblicas y los versículos.

Pronto aquel niño llegó a su adolescencia, y las malas compañías e innumerables situaciones lo desviaron del camino. Aquel niño se hizo un joven que se extravío en el mundo, para vivir perdidamente.

Su madre sufría tremendamente al verlo así. Ella lo deseaba para el Señor y lo veía perdido. Pero en su corazón se hacía una realidad aquello que está escrito: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?” (Isaías 49:15) Y entonces seguía orando fervientemente con amor por él todos los días.

Aquella familia, se encontraba como la embarcación en la que viajaba  Pablo. (Hechos 27) Sacudida por los vientos y las pruebas, y a punto de naufragar dando en los escollos. Sin embargo,  tal como hicieron aquellos hombres en esa ocasión, aquella madre piadosa, echó también las cuatro anclas, para poder mantenerse segura en medio de tanta adversidad,  ansiando que se haga de día. (Hechos 27: 29)

Aquellas cuatro anclas, que se mencionan en el libro de los Hechos, sostuvieron la embarcación, de tal manera, que  cuando las cortaron fue su ruina y se precipitaron al naufragio. Pensando en el significado espiritual de esta porción, muchas veces se compararon estas cuatro anclas,  a los cuatro puntos recomendados en la palabra en la Epístola de Judas versículos 20 y 21 donde, después de mostrarnos un panorama terrible, se nos dice:

  • “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe”
  • “Orando en el Espíritu Santo”
  • “Conservaos en el amor de Dios”
  • “Esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”

Aquella madre, muchas veces se habrá sentido sola, pero siguió edificándose en la santísima fe.

Muchas veces habrá sentido el desaliento, pero siguió orando en el Espíritu Santo.

Muchas veces habrá escuchado aquellas observaciones de los demás, para que sea inflexible y dura con aquel que estaba descarriado, pero ella se conservó en el amor de Dios.

Muchas veces al no ver resultados, su fe habrá querido flaquear, pero ella esperaba la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.

Aquella madre no dejó de orar por aquel hijo que tanto amaba, y que esperaba que fuera un hijo de Dios, que sirviera a su Señor, desde que lo sintió en su vientre.

Los años pasaron y experiencias muy terribles tuvo que hacer aquel muchacho.

Hubo gente, que con las mejores intenciones, quiso atraerlo a las reuniones, con cosas naturales, que podrían haber llamado la atención de cualquier joven. Música, reuniones sociales, y cosas así. Pero nada de eso tocó nunca su corazón. Sin embargo, encontrándose sin ninguna influencia humana, sino, solo bajo la acción del Espíritu Santo, aquel joven, escuchando el Evangelio, se quebrantó a los pies de Cristo, y le entregó su corazón.

Aquellas oraciones de su madre, habían sido tenidas en cuenta. Ella que confiaba en su Señor, tuvo la dicha de verlo convertido,  e inclusive de escucharlo predicar y salir a llevar las buenas nuevas.

Esta es una historia sencilla, y hay  millares de casos así, pero, siempre estas historias de perseverancia en la oración, no son para la exaltación de las personas, sino para la gloria de Dios; y por eso se  comparten,  deseando que sean útiles para  alentar el corazón de los padres que se preocupan por sus hijos.

 Dios dijo a Noe: “Entra tú y toda tu casa en el arca” (Génesis 7:1)

Recordamos que el arca, medio de salvación en aquel momento cuando se avecinó el diluvio,  es una figura de nuestra salvación en Cristo.

¿Quiénes deben entrar en el arca? Tú y toda tu casa. No debe quedar ninguno de los nuestros fuera de una salvación tan grande.

¿Qué le dijeron  los apóstoles al carcelero de Filipos, que preguntó que debía ser para ser salvo? “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tu y toda tu casa” (Hechos 16:31) Esto, obviamente, no quería decir que automáticamente todos serían salvos en la casa; sino, que, cuando uno cree, el Señor nos hace ver, tal como le declaró  a Zaqueo, que  había “venido la salvación a esa casa” (Lucas 19:9)  “Porque para vosotros es la promesa y para vuestros hijos” (Hechos 2:39)

Para todas las madres que oran por sus hijos, hay promesa de parte del Señor. “Vuestros hijos…son santos” (1 Corintios 7: 14) Eso, quiere decir que Dios los pone aparte por su Espíritu,  así los santifica, poniéndolos aparte para hablarles continuamente al corazón para vida eterna, pues no quiere que ninguno de ellos se pierda.  Y la semilla del evangelio que una vez han escuchado; que es una semilla incorruptible, que  no se hecha a perder, por más que pase el tiempo;  accionada por el Espíritu Dios, fecundará la vida eterna.

Dios bendiga a toda madre que ora diariamente por sus hijos, y aliente sus corazones, confiando que hay promesas de Dios para los suyos, porque   “Fiel es el que prometió, el cual también lo hará” (Hebreos 10:23)

¡Madres, no dejen de orar y hablarles a sus hijos con el santo amor de Jesucristo!


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