“Dios…quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús” (2 Timoteo 1:9)
Cuentan que una vez, una madre se postró ante Napoleón Bonaparte rogándole por su hijo que era un soldado que estaba condenado a muerte. La madre llorando pedía que el Emperador le otorgara su gracia. Napoleón, la reconvino firmemente, diciéndole que su hijo de ninguna manera merecía la gracia. Ante eso, la madre, respetuosamente, le dijo al emperador: Su majestad, si lo merecería ya no sería gracia…. Esas profundas palabras trabajaron el corazón del Emperador quien le dio una nueva oportunidad a aquel soldado.
Efectivamente, gracia es un don o favor no merecido. Somos salvos por gracia (Efesios 2:8) y vivimos bajo la gracia de Dios. En eso no hay méritos humanos, ni merecimiento alguno, sino, simplemente, gloria para Dios, quien en su amor nos da conforme a las riquezas de su gracia.
Siempre debemos exaltar esa gracia por la cual han sido perdonados nuestros pecados. (Efesios 1:7) y recordar que todo lo que tenemos es por gracia de Dios.
Por esa misma gracia Dios nos ha sentado a su Mesa. Cuando una congregación olvida eso, forma una especie de elitismo, quedando fuera de la aprobación del Señor. Pues, el elitismo favorece a un grupo reducido y selecto considerado superior al resto y desecha a los demás como inferiores o no calificados. Ese sentir entre cristianos es terrible, pues todos somos objetos de la misma gracia y nadie debe sentirse superior a sus hermanos.
Pensamientos para reflexionar
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