En tiempos de Nehemías, se reedificaban los muros de la Ciudad de Jerusalén. La muralla con sus puertas y cerrojos, lo cual nos habla de separación y cuidado de las cosas santas. Las puertas con sus cerrojos nos hablan de admisión y de exclusión, así como la muralla nos habla de separación de lo que es de afuera y defensa de lo que está dentro, para preservarlo de los ataques del enemigo. Jerusalén era la ciudad de Dios, donde Dios habitaba en medio de los suyos, por eso esto lo aplicamos a la Asamblea de Dios, donde el Señor mora en medio nuestro y donde deben ser tenidos en cuenta los mismos principios espirituales.
Vale aclarar que hablamos de separación, no de división, ya que no es lo mismo. Dios es un Dios de separación, pues separa lo que no puede ni debe estar junto. El enemigo, por el contrario, divide lo que tiene que estar junto y unido.
Nehemías, era consciente de la situación que vivían, por eso reedificaban el muro, bien munidos de las armas necesarias, como lo son en el sentido espiritual: La coraza, el arco, la lanza y la espada. “Espada del Espíritu que es la Palabra de Dios” (Véase Nehemías 4:16-18, Efesios 6:17) En esa tarea se encontraban, cuando se dio cuenta también del peligro que existía debido a la falta de comunicación con lo demás hermanos, por la distancia que los separaba. Por eso dijo a los nobles, a los oficiales y al resto del pueblo: “La obra es grande y extensa, y nosotros estamos apartados en el muro, lejos unos de otros. En el lugar donde oyereis el sonido de la trompeta, reuníos allí con nosotros; nuestro Dios peleará por nosotros” (Nehemías 4:19,20)
¡Qué hermosa enseñanza encontramos en esto!
En la reconstrucción de la muralla, cada detalle era de vital importancia. Los fieles hacían cada uno lo suyo, y así avanzaba la obra del Señor, hecha por hombres y mujeres, sin celos, ni sentimientos encontrados. Todos trabajaban unánimes para la gloria de Dios y eran conscientes, de que la obra personal de cada uno, no era lo principal, ni motivo de hacer alardes, pues, como en todo trabajo verdaderamente espiritual “Ninguno decía ser propio nada de lo que poseía” (Hechos 4:32) Sin embargo, al ser la obra extensa, en algún lugar del muro, podrían estar sufriendo ataques del enemigo y era necesario que los demás lo supieran para poder intervenir. Por eso, cuando se escuchaba la trompeta, debían moverse guiados por el sonido de esa trompeta, y juntarse allí donde estuviera la alarma.
El pueblo de Dios, estaba familiarizado con el sonido de la trompeta, pues por ella, habían recibido la orden de marcha, la convocación a sus fiestas y solemnidades, el llamado para la batalla y otras tantas cuestiones. El sonido de la trompeta que convocaba al pueblo de Dios, es comparado actualmente a la voz del Espíritu que moviliza a los creyentes para juntarse en torno al Señor Jesús para adorar, para orar y humillarse en su presencia. Para escuchar las directivas de marcha, o salir a combatir por la fe las batallas espirituales. Por eso, este detalle descripto en el libro de Nehemías, nos hace pensar en un principio espiritual para la iglesia del Señor que sentimos que es descuidado muchas veces en la actualidad, y que es, la CORRELACIÓN ENTRE ASAMBLEAS.
Correlación es la correspondencia o relación mutua que existe entre dos cosas, y esto dicho de la Asamblea o Iglesia de Dios, es lo que hace posible que cada congregación pueda funcionar como una unidad con las otras congregaciones reunidas bajos los mismos principios en comunión. Llevando a cabo responsabilidades colectivas, además de las lógicas responsabilidades locales.
En este sentido, pensamos que podemos hacer una aplicación muy interesante del relato de Nehemías para nuestros días.
La obra del Señor, no la hacemos, ni depende únicamente de nosotros. La obra, es como se dijo en tiempos de Nehemías. “Grande y extensa” Nosotros en el muro, en nuestra asamblea local, edificamos nuestra parte, obviamente, con una responsabilidad local primeramente, pero, debemos mantenernos en comunión y comunicación con los demás testimonios que trabajan igualmente bajo los mismos principios, testificando de esa manera práctica, la unidad del Cuerpo de Cristo. Y cuando el enemigo ataque o sucedan cosas que debilitan a los hermanos en un determinado sitio, el Espíritu de Dios se hará sentir, tal como se hacía sentir el sonido de la trompeta, y alertará a los demás para que se alisten, se preocupen y ayuden según el Señor lo vea conveniente.
Por esto hermanos, de más está decir, que cuando en una congregación hay dificultades, no es espiritual no salir al socorro. Esto no quiere decir que tengamos que establecer un gobierno central desde donde se digiten las cosas, ni que una congregación pase a actuar sobre otras. Si no, en el sentido que los hermanos, sintamos en el corazón la necesidad de ayudarnos mutuamente. Todos hemos experimentado que, en ciertas ocasiones, atravesando dificultades, falta fuerza o luz en la congregación para encontrar una solución, y se necesita del apoyo, el consejo, la oración y la asistencia de hermanos fieles de otras congregaciones para ver la voluntad de Dios al respecto. No intervenir, dejando que cada congregación local se arregle como pueda y quiera, no es lo que nos enseña la Palabra de Dios, ya que hay entre las asambleas una correlación que luego se hará sentir, si se deja a una congregación sin saber cómo tratar el asunto, u obrando mal e injustamente. Ser insensibles cuando haya problemas serios en las Asambleas, es como desoír el sonido de la trompeta que lleva a juntarnos allí donde sea necesario, para cuidar lo que se nos ha confiado.
Volvemos a decirlo, esto no quita de ninguna manera la responsabilidad local de cada lugar, de cada expresión del testimonio, sino, que lo resaltamos, para estimularnos a la realización de una verdadera comunión colectiva.
Los creyentes, “Apartados en el muro” trabajando en la obra del Señor, muchas veces respondemos al sonido de la trompeta que nos convoca a reuniones especiales para la meditación de la Palabra, que se realizan en distintas localidades. ¡Y de cuanta bendición es! Experimentamos lo que está escrito: ¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!… Porque allí envía Jehová bendición y vida eterna” (Salmo 133:1,3) Para esas ocasiones, no tenemos mayores dificultades, en escuchar el sonido de la trompeta que nos insta a juntarnos. Pero, así como podemos hacerlo, para gozarnos juntos, debemos hacerlo también cuando haya circunstancias tristes que lo ameriten.
Hace bien visitarnos entre asambleas, orar juntos, compartir las Escrituras… Y también compartir las cargas que se agolpan en la responsabilidad del testimonio. Todos somos conscientes que somos una manada pequeña, tanto en cantidad de congregaciones como en número de personas en cada asamblea local. Por lo cual, estrechar la comunión unos con otros de una manera conforme al pensamiento de Dios, siempre es bueno.
Muchas veces, podría haber situaciones difíciles y sin precedentes en algún determinado lugar. O problemas entre hermanos, con situaciones eclesiástico-familiares que dificultan ser objetivos al tratar el tema, ¡cuán importante sería en esos casos el acercamiento de alguien que ayude a ver el pensamiento de Dios al respecto! Todos somos conscientes que, generalmente, en las congregaciones se sabe diagnosticar el pecado. Pero, podría pasar que no se sepa tratarlo, y que eso haga que muchos se desalienten y hasta inclusive dejen de congregarse. ¿Qué hacer en situaciones así? ¿Dejar que los hermanos se vayan sin hacer nada? Sería triste ver congregaciones diezmadas por problemas internos que no hemos podido solucionar. Los hermanos muchas veces podemos tener buenos sentimientos y deseos, pero, estar obrando mal. Por eso, siempre seremos bendecidos en la comunión colectiva, pues, llegado el caso de necesitarlo, sabemos que en la multitud de consejeros hay seguridad. (Proverbios 11:14)
Ninguno de nosotros quisiera estar obrando mal, pero podría pasar que por guardar la congregación y preservarla del mal que podría ingresar, según nuestro parecer, obremos no conforme a la Palabra. En ese caso, no preservaremos nada, pues el Señor mismo que se pasea en medio de los candeleros viéndolo todo (Apocalipsis 1:12-16) Nos lo reprobará. Si eso ocurriera, escuchar a los hermanos de otros lugares que también han vivido y viven cosas similares nos ayudará a buscar juntos el pensamiento de Dios.
Algunos dirán que eso sería lo ideal, pero que es muy difícil de llevar a la práctica, pues, generalmente, pasa que, la congregación que tiene inconvenientes no desea que otros se inmiscuyan, o que, los hermanos que la visitan no quieran quedar mal tocando esos temas. Y reconocemos que todo eso puede suceder. Pero, de todos modos, debemos interesarnos y orar, comprometiéndonos con aquellas situaciones que, por más que no estén sucediendo en nuestra asamblea local, nos tocan de cerca.
Debemos bregar para que todos los hermanos sientan esta misma necesidad y para que cada vez que el sonido de la trompeta se escuche en algún lugar, indicando dificultades, nuestros corazones se alerten y movilicen, acudiendo en dependencia del Señor para ayudar en lo que podamos. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de encontrarnos luego, en comunión con determinaciones con las que no estemos de acuerdo. Situaciones ante las cuales diremos: “Si esto se hubiese tratado en otro lugar, no se hubiese llegado a la misma decisión. Esa disciplina, esa excomulgación, etc. se hubiesen podido evitar, si los hermanos no hubiesen estado tan solos, pero dada las condiciones del lugar no se pudo. Y ahora, aunque nos parezca injusto, debemos respetar tales decisiones por el hecho que somos llamados a guardar el testimonio a la unidad del Cuerpo de Cristo y que todo lo que se ata o se desata en la tierra es atado o desatado en los cielos. (Mateo 18:18)
Queridos hermanos, que debamos guardar los principios de la unidad, es algo bien cierto, pero, guardarlos en todo y de manera completa, tal como lo enseñan las Escrituras, para no tener inconvenientes luego.
Imaginemos simplemente que un lugar los principios espirituales en cuanto a la Iglesia, la comunión, la disciplina, la recepción a la Mesa del Señor, el servicio, los dones, etc. se empezaran a trastocar y, aunque digan estar obrando para la gloria de Dios, comenzaran a manejarse de manera legalista y sectaria. O por el contrario, de manera totalmente liberal. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Dejarlos aislados y padecer esa situación hasta que ese lugar caiga por su propio peso cuando el Señor quite de allí su candelero? ¿O actuar como lo enseñan las Escrituras, acercándonos, inquiriendo al respecto, y ayudándolos para que lo cojo no se salga del camino, sino antes bien que sea sanado? (Véase Deuteronomio 13:12-14, Hebreos 12:13) Pensémoslo.
Hermanos, para no deslizarnos a esas posturas autónomas que lleven luego sin darnos cuenta a la independencia eclesiástica, debemos guardarnos en sujeción al Señor y su Palabra, en amor, guardando cuidadosamente la correlación entre Asambleas.
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Sobre el tema, recomendamos el libro “Correlación entre Asambleas” libro N° 6 de la Serie la Iglesia del Dios Viviente. Escrito por R.K Campbell. Editado por “Ediciones Bíblicas”
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