“Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos… Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí… Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, Y los pecadores se convertirán a ti… Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51: 3,4, 9,13 y 17)
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)
Como venimos observando, el caso de David y el del pueblo Israelita en tiempos de Esdras, ejemplifican la verdad bíblica de que, quienes arrepentidos confiesan su pecado, y se apartan, alcanzan la misericordia de Dios.
En el caso del pueblo de Israel, el apartarse del mal, no fue solo una disposición de corazón, sino un hecho real, pues despidieron a las mujeres extranjeras incluso con sus niños. En el incidente de David, también, solo que, como no siempre el arrepentimiento puede deshacer las consecuencias del pecado, David, arrepentido y humillado bajo la mano de Dios, confesó su falta apartándose de corazón del horror de lo que había hecho, y de esa manera, alcanzó misericordia.
Esto es lo que tiene que hacer quien haya pecado, cuando tome conciencia de que le ha fallado al Señor: reconocerlo, confesarlo, humillarse y apartarse de ese mal.
Lo que se debe considerar al pecar, es lo que encierra la expresión: «él que lo confiesa y se aparta».
Pues, en el caso de David, u otros similares, cuando no se pueden revertir las consecuencias de lo cometido, la forma de apartarse, es reconocer que lo que se hizo es pecado y abandonarlo como conducta. Pues, el arrepentimiento que Dios espera, no consiste en cambiar lo acontecido, sino en volverse de corazón a él, quien evaluará las cosas y lo perdonará, en virtud del sacrificio de su hijo, Jesucristo.
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