“El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño; apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala” (1 Pedro 3:10,11)
“Aunque el pecador haga mal cien veces, y prolongue sus días, con todo yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen, los que temen ante su presencia; y que no le irá bien al impío” (Eclesiastés 8:12,13)
La gente se queja de Dios por los infortunios de la vida, olvidándose de que la vida que nos fue dada, es para vivirla según los lineamientos divinos, no como nos parezca. Así como al universo lo rigen leyes físicas, la humanidad tiene normas jurídicas, éticas y morales, y Dios mantiene inclaudicablemente sus leyes espirituales. Por eso: «El hombre puede hacer lo que quiera, pero lo que no puede, es evitar las consecuencias».
Para vivir bien, es necesario hacer la voluntad de Dios andando en sus caminos.
Si Dios creó al hombre y a la mujer, el matrimonio y la familia con sus responsabilidades, no es de extrañar que, quienes desechen el diseño divino viviendo a su antojo, siguiendo un camino torcido y extraño (véase Proverbios 21:8), tengan después experiencias tristes y vidas traumáticas que repercuten en toda la rueda de la creación.
“Todo lo que el hombre sembraré eso también segará” (Gálatas 6:7). Esa es la ley de la siembra y la cosecha. Por eso, a pesar de que la tierra está arruinada por el pecado, quien actúa bien, es bendecido en su obrar.
Aunque es necesario aclarar que, ser bendecido por un buen accionar, no es ganarse el cielo, ni el perdón divino. Pues ningún proceder humano, por más correcto que sea, puede quitar de nosotros la culpabilidad del pecado.
Para librarnos de toda condenación, es necesario creer en Jesucristo como Salvador.
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