“Jesús… les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15)
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19,20)
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:1,2)
El Señor Jesús comisionó a los suyos y es interesante ver que esta gran comisión era la de salir y llevar el evangelio a toda criatura, yendo a las naciones haciéndolos discípulos, bautizándolos y enseñándoles que guarden todas las cosas que él había mandado. Prestemos atención, en ese orden: Ir, predicar, bautizar y enseñar.
Esto, muchas veces en la práctica se olvida, y muchos creyentes, frente a personas inconversas, en lugar de predicarles el mensaje de salvación en Cristo Jesús, confrontándolos con su pecado y hablándoles de la gracia de Dios para todos aquellos que proceden al arrepentimiento, comienzan por querer enseñarles a vivir, o tratando de corregir sus creencias religiosas equivocadas, invirtiendo el orden de lo que se nos mandó.
El enviado a predicar debe llevar el mensaje y no salirse de ahí. Quienes lo escuchan, muchas veces manifestarán su rechazo altercando con Dios, con preguntas que nacen de su incredulidad, rebeldía, insumisión, dolor, incomprensión y desconocimiento. Y no debemos entrar a discutir estos temas como ellos, pues es lógico que no comprendan, pues el hombre natural no comprende las cosas que son de Dios, ni las puede entender en su estado de incredulidad (1 Corintios 2:14) Pero sí deben saber, y el Espíritu de Dios por medio de las Sagradas Escrituras les hará sentir que son pecadores y están perdidos necesitados de un salvador.
Por eso, primeramente, prediquemos a Cristo crucificado.
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