(Unos humildes pensamientos ante el dolor y la impotencia de los hermanos que dejan de congregarse por las debilidades que supuestamente encuentran en la Asamblea)
“Al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando… Y os alegraréis delante de Jehová vuestro Dios, vosotros, vuestros hijos, vuestras hijas… Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; sino que en el lugar que Jehová escogiere… allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando. (Deuteronomio 12:11-13)
“Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras no dejando de congregarnos…” (Hebreos 10:24,25)
El testimonio de la Iglesia del Señor, vive un tiempo de mucha debilidad espiritual con divisiones y alejamientos. Para muchos cristianos que pudieran estar leyendo este escrito, quizás estas reflexiones pudieran parecer un texto encriptado carente de sentido. Para otros, posiblemente, expondrá pensamientos con los cuales no estarán de acuerdo, porque considerarán que cada Iglesia local es autónoma e independiente en el más amplio de los sentidos, y que cada lugar debe manejarse como quiera o vea conveniente, no teniendo que explicar nada a nadie, ni dejando, bajo ningún concepto que nadie se entrometa en sus decisiones. Por lo cual, todo está bien y solo resta seguir adelante. Pero, para otros creyentes, reunidos al sólo Nombre del Señor que consideran que, obviamente, cada Iglesia local tiene una responsabilidad y un gobierno local e independiente, sujeto a la Cabeza que es Cristo, para proceder y tomar decisiones, etc. sin depender de una jerarquía humana que la centralice y gobierne, ni cosas por el estilo. Pero, guardando siempre una correlación entre las demás congregaciones locales que se reúnen sobre los mismos principios espirituales y obrando consecuentemente juntos en comunión, sí. Para ellos, esto cobrará sentido y seguramente valor. Porque serán creyentes que tienen la misma carga espiritual, las mismas luchas y los mismos dolores, frente a todo lo que acontece en el testimonio de la Iglesia del Señor en la actualidad.
Nuestra posición fuera del campamento
Los creyentes, congregados hacia el Nombre del Señor, hemos salido a él, fuera del campamento, llevando su vituperio (Hebreos 13:13) Esa alegoría para muchos es desconocida, pues toman solo la interpretación literal dicha a los hebreos, que es que debían salir hacia Cristo, fuera del campamento de Israel, con su sistema, su culto, etc. Pues, el Señor, había sido rechazado y padecido fuera de la puerta de Jerusalén y con su muerte todo lo del antiguo pacto quedaba atrás. Sin embargo, otros creyentes, encuentran en este pasaje una enseñanza mucho mayor que merece toda nuestra atención, pues implica enseñanzas sublimes que van más allá de la parte que les tocaba a los creyentes judíos.
Primeramente, este pasaje nos habla de la identificación de nuestro Señor con la ofrenda por el pecado, la cual se quemaba afuera del campamento y que todos los judíos conocían bien. Eso les impelía a salir de ese sistema que había caducado. Para nosotros, que nos somos judíos, igualmente tiene un inmenso valor aquella directiva. Pues, nuestro Señor, padeció por nuestros pecados, y fue rechazado por este mundo. Por lo cual, debemos salir hacia él, fuera de todo sistema, ya sea mundano o religioso, pues, por ambos sistemas, el religioso y el mundo, fue rechazado nuestro Salvador.
Además, esa directiva y su sentido espiritual, nos hace pensar en un episodio sucedido en tiempos de Moisés que se aplica perfectamente para nuestros tiempos, sin forzar la interpretación directa del texto. Nos referimos a lo sucedido cuando el pueblo de Dios, falto de fe y lleno de carnalidad, quiso tener algo palpable delante de él reconociéndolo como su Dios, e hicieron el becerro de oro. Allí, Dios se dolió en gran manera al ver al pueblo en su necedad y manifestó su desaprobación, diciéndole a Moisés que levantara fuera del campamento, una tienda de reunión donde encontrarse con los suyos. Moisés, obediente lo hizo, y todos aquellos que buscaban la presencia de Jehová. Salían a él, fuera del campamento. (Éxodo 33.7) Ese episodio nos muestra que aquellas personas, a pesar de lo locura que cometieron, no dejaron de ser reconocidos como pueblo de Dios. Pero, la presencia del Señor, no estaba ya en medio de ellos. Esa presencia, solamente la gozaban quienes salían del campamento al lugar indicado por Dios, ya que, dentro del campamento, Dios había sido desplazado. Esto, como decíamos previamente, es tal, como lamentablemente sucedió entre el pueblo cristiano, donde por falta de fe, se dejó de lado al Señor, se cuestionó la autoridad de su Palabra y se suplió la dirección de su Espíritu en la Asamblea. Debido a eso, tal como dijo el Señor Jesús, su presencia es prometida, donde los suyos están congregados hacia su Nombre (Mateo 18:20) Con todo lo que eso implica, no en cualquier lugar, ni reunidos de cualquier manera y menos aún, bajo los sistemas religiosos que el pueblo cristiano ha formado con sus leyes y el establecimiento de cleros donde el hombre pasa muchas veces a ocupar el lugar de Dios.
Ahora bien, considerando estas cosas, nos preguntamos: ¿Cómo puede ser que el testimonio del Señor haya caído tanto? ¿Cómo puede haber tanta deserción? ¿Cómo puede ser que los hermanos dejen de congregarse o cambien de congregación? Obviamente, reconocemos que hay realidades muy tristes que se viven en el testimonio de la Iglesia que son innegables, pero, todas esas cosas, de ninguna manera ameritan que los creyentes que han conocido la forma de reunirse al solo nombre del Señor, fuera del campamento, vuelvan al campamento desalentados, buscando un lugar de reunirse que se caracterice como el mal menor. Esto es dicho con humildad y no con ese repudiable orgullo religioso, pues, hermanos fieles hay en todos los sitios, y con virtudes y dones notables, pero, no nos estamos refiriendo a ese aspecto, sino a que el Señor nos ha mostrado por medio de su Palabra una manera de congregarnos, guardando sus principios espirituales de una manera distinta que lo que se ve actualmente en la cristiandad y luego de haber conocido tal posición, debemos mantenernos fieles. Algunos objetarán que para muchos cuestiones y formas de conducirnos sostenidas por los hermanos, no hay mandamientos formales que nos digan cómo proceder en la Asamblea. Y que, por lo tanto, que obremos de una u otra manera, es indistinto. Sin embargo, no es tan así. Por la gracia del Señor, sin que esto implique que seamos mejores, ni más fieles que otros creyentes, hemos visto conveniente y acorde al pensamiento de Dios, reunirnos de determinada manera, aprobando lo mejor. Tratando de ser fieles e irreprensibles. (Filipenses 1:10) Y en eso debemos perseverar. Por lo tanto, si notamos que las cosas no se están haciendo según lo que entendemos es el pensamiento de Dios en la asamblea, no debemos ser vencidos de lo malo (Romanos 12:21) mostrándonos indiferentes, ni vencidos por lo malo, retirándonos de la comunión. Sino poniendo todo cuanto nos inquiete delante del Señor y de los hermanos para encontrarle la solución.
El desaliento que produce la falta de fe, de amor y justicia
Sé que muchos dirán. Eso es imposible, pues, justamente, una de las causas por la que queremos retirarnos, es porque ya no podemos hablar tranquilamente con los hermanos. Hay mucho autoritarismo y nadie nos escucha. Los hermanos llamados “responsables” toman las iniciativas y las decisiones de la asamblea, e imponen que las cosas se hagan de la manera que ellos consideran sin más consideraciones…
Aun así, la solución no está en retirarse del lugar, sino en orar y seguir exponiéndolo para que lo que estuviese mal, pueda corregirse. Y si no se puede tratar estas cosas con los hermanos locales, entonces también existe la posibilidad de exponerlo delante de hermanos piadosos que puedan ayudar en el caso, aconsejando y hablando con los hermanos. La solución nunca es dejar de congregarse y menos aún, la de dejar la congregación para reunirse en otro lugar de una manera distinta, volviendo “al campamento” del cual profesamos haber salido. “Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago” (Gálatas 2:18)
Replanteándonos donde está la falla para saber qué es lo que está mal.
Por eso, hermanos amados, por más difícil que se nos haga, antes de dejar la congregación debemos preguntarnos una y otra vez: ¿Qué es lo que está mal? ¿Está mal la doctrina que hemos conocido y los principios que nos han enseñado los hermanos que nos precedieron, o está mal la forma en la que se maneja la Asamblea hoy? Si somos sinceros, reconoceremos que no son los principios espirituales los que han fallado, sino el manejo de la congregación, donde, en lugar de mantener un celo santo, muchas veces, se tiene celo de Dios, pero no conforme a ciencia (Romanos 10:2) Y eso, hay que corregirlo.
Si en lugar de mantener la santidad según el pensamiento de Dios, se cae en sectarismos, desestimando a los demás hermanos hasta con desprecio, porque se reúnen en otros sitios, esto hay que verlo, pues está mal.
Si bajo el pretexto de que es para evitar que los invada el mundo, se cierran las puertas de la comunión a los hermanos que desean reunirse en torno al Señor, por venir de otros sitios, o por estar vinculados a algún pecado pasado, negándoles el perdón humano. Entonces, evidentemente, no se está obrando en el espíritu de Cristo. Pues, el testimonio de la Iglesia de Cristo, es el lugar donde deben congregarse todos los creyentes, a no ser que estén impedidos realmente por un mal moral o doctrinal del cual no quieran volverse. Poner otras reglas e imposiciones, es caer en un legalismo sectario que el Señor desaprueba.
Muchos levantan su voz de una manera firme para decir: ¡Yo no puedo tener comunión con esto o aquello, ni con este o aquel…! Y esto puede deslumbrar a muchos que piensen que eso es celo por el Señor, espiritualidad, fidelidad, etc. Esto sucede y ha sucedido siempre. Sin embargo, lo importante no es esa jactancia, sino saber si el Señor tiene comunión con aquel o con aquello que se está cuestionando. Pues si el Señor lo aprueba o si el Señor, lo ha perdonado y ha renovado su comunión con la persona en cuestión, entonces, obrar de manera distinta al Señor es pecar, usurpando los derechos de Dios y del adorador para ser recibido. En casos así, ¡cuidado! El Señor reprenderá duramente ese celo legal.
El peligro de desviarnos a la derecha o izquierda
Todos sabemos que en las cosas de Dios debemos tener muchísimo cuidado. Pues por un lado está el peligro de caer en el liberalismo que invade a la Iglesia en la actualidad. Y por el otro, el legalismo que conduce al sectarismo y a un testimonio que no es según Dios. Debemos tener presente que, para reunirnos hacia Cristo, fuera del campamento religioso, salimos de un sistema humano, y que no debemos formar otro para mantenernos. Si no, nos encontraremos ante la necesidad de salir a él fuera del campamento, pero del campamento que hemos formado los que una vez ya habíamos salido hacía él, fuera del campamento.
Reunirse en torno al Señor
Lo que hemos aprendido de nuestros hermanos que nos precedieron, quienes diligentemente buscaron con temor y humildad honrar al Señor, reuniéndose hacia el solo Nombre del Señor, no es lo que está mal, ni por lo que estamos fallando en las congregaciones.
La forma de gobierno en la Asamblea, reconociendo a Cristo como cabeza, a las Escrituras como única guía de procedimiento y autoridad, al Espiritu Santo como director y reconociendo a hermanos a los cuales el Espíritu de Dios ha colocado para apacentar la grey de Dios, oficiando como ancianos, sobreveedores (Hechos 20:28, 1 Pedro 5:2) no está mal. Lo que está mal es que, a ese servicio, el cual se debe ejercer en el temor del Señor, habiendo sido llamado y reconocido para eso, se llegue por genealogía, influencia económica o por inercia, ante la falta de hermanos que ocupen esas tareas. Lo cual, hace que los más osados, se levanten, tomen las riendas de las decisiones, impongan sus ideas, etc. no estando preparados para eso, haciendo que los demás sigan sus directivas.
Sin embargo, aun, ante cosas así que son terribles y lamentables, tampoco la solución es retirarse de la congregación. Esas cosas deben tratarse, planteándolas con amor y humildad, pero con firmeza. Por los desacuerdos, debemos orar incansablemente, humillándonos ante el Señor, clamando por su favor y esperando en su gracia, pero desde dentro de la comunión, no desde fuera. Pues, una vez que alguien sale de la comunión, ya no tiene fuerza ni es oído, aunque diga grandes verdades.
Amados en el Señor. Preguntémonos una y otra vez: ¿Qué es lo que está mal? ¿Está mal la doctrina que hemos aprendido o cómo se está obrando en algunas congregaciones? Si somos sinceros, veremos que lo que está mal, y lo repetimos hasta el cansancio, no es lo que aprendimos por las Escrituras, sino como llevamos a la práctica lo aprendido. Por eso, la solución no está en irnos, sino en quedarnos tratando de solucionar las cosas, confiando en que el Señor nos será propicio. Pues, la Asamblea es suya y él, vela por cada testimonio suyo.
Son muchos los hermanos de distintas localidades los que sienten el dolor por cómo se vive la vida cristiana y las relaciones fraternales en la Asamblea. Oremos por esto. Humillémonos delante del Señor, porque de tal ruina formamos parte y somos responsables. Busquemos la solución en el camino del Señor, no yéndonos. Muchas almas en la cristiandad también gimen. Hay mucha disconformidad en las congregaciones reunidas dentro y fuera del campamento. Y esos hermanos, necesitan que quienes conocen el pensamiento de Dios en cuanto a la Asamblea, no abandonen, sino que se levanten y sean bendecidos, para que también ellos puedan sumarse.
El Señor cuida su Asamblea y pesa los corazones
En el libro de Ezequiel, se nos dice que antes del juicio por todas las iniquidades que hacía el pueblo de Dios, un varón vestido de lino, con un tintero de escribano, iría y les pondría una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de donde Dios los juntaba que era la ciudad de Jerusalén. (Ezequiel 9:2-6) Pues Dios, tiene el registro de todo y conoce los corazones de los suyos. Actualmente, hay muchos que ya no sienten dolor por todo lo que se ve y sucede en medio de la cristiandad y en medio de las asambleas. Pero, hay quienes sufren y claman y a ellos se les dice en la Palabra que deben reponerse y vencer. Sumémonos a esas filas. Al corazón contrito y humillado Dios no lo despreciará (Salmo 51:17) No dejemos de congregarnos (Hebreos 10:25) Sino sigamos. Cuidemos a nuestras familias, ganemos almas para el Señor, guardemos la sana doctrina dando el testimonio que el Señor espera de los suyos.
“Esforzaos, pues, para hacerlo, y el Señor estará con el bueno” (2 Crónicas 19:11) Porque: “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?” (Salmo 11:3)
La reunión en torno el Señor es donde los salvos gustamos la buena parte. Donde el Señor nos hace sentir, como dice el himno, la felicidad del cielo… No permitamos que nada nos impida gozar de esa porción. Y tal como se dijo en tiempo de Nehemías: “Levantémonos y edifiquemos” (Nehemías 2:18)
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