“No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Timoteo 5:22)
“Para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apocalipsis 18:4)
“No seáis, pues, partícipes con ellos” (Efesios 5:7)
La Biblia nos habla de Elí, sumo sacerdote y juez en Israel en tiempos de Samuel.
Elí, era un buen hombre, pero “Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová” (1 Samuel 2:12) Ellos se aprovechaban de su posición y menospreciaban los derechos de los que venían a ofrecer, sacándoles las mejores porciones y durmiendo con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.
“Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová” (1 Samuel 2:17)
Esa forma de pecar, tiene el mismo principio malo de todo clero, pues, usurpan el derecho de los adoradores, y el derecho mismo de Dios tomando para sí mismo lo que no les corresponde.
Elí sabía estas cosas y habló con sus hijos para que se portaran bien, pero Dios juzgó la causa y se manifestó en juicio sobre la familia y su sacerdocio. Diciéndoles: “Habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo. Has honrado a tus hijos más que a mí” (1 Samuel 2:9)
No todos estamos en la posición de Elí, pero como padres creyentes, aprendemos a que no solo debemos exhortar a nuestros hijos para que se comporten correctamente, sino que hay situaciones que requieren que se los corrija, para no participar de sus pecados por tolerancia.
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