ÉL OYÓ MI CLAMOR

Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová. (Salmo 40:1 al 3)


Por el Espíritu profético, el  Salmo 40  nos presenta maravillosamente a nuestro bendito salvador en una espera paciente, viniendo a nosotros, en un camino de total consagración y obediencia a la voluntad de Dios.

Dios nos lo presenta así, para que contemplando esas excelencias en su persona, sigamos sus pisadas, imitemos su fe, y  “seamos transformados de gloria en gloria a su imagen” (2 Corintios 3:18)

Este Salmo nos alienta a esperar. No hay nada que le cueste tanto a nuestro corazón impaciente como “esperar en silencio la salvación del Señor” (Lamentaciones 3:26) Nuestra mente vuela de un lado al otro, no pudiendo encontrar la salida. Nos angustiamos, la desesperación nos embarga, como quien se hunde en un pantano cenagoso. Nuestras oraciones se hacen “gemidos indecibles” que tan solo Dios interpreta. Pero el Señor, está allí, él jamás nos dejó. Se inclina, oye nuestro clamor y nos saca. ¡Gloria a su Nombre!

Afirma nuestros pies en él, “la roca cuya obra es perfecta” (Deuteronomio 32:4)  Endereza nuestros pasos que fueron desacertados, y pone un cántico nuevo de adoración en nosotros. Un cántico que solo conocen los redimidos, el cual comienza aquí abajo y se perfecciona en los cielos.

Verán esto muchos y confiarán en el Señor. Y todos podrán decir: ¡Oh Señor, ¿quién como tú, Que libras al afligido…?! (Salmo 35:10)


Pensamientos para reflexionar

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