“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Santiago 1:21)
“Que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 13:12)
Las semillas de algunas hortalizas brotan fácilmente en cualquier terreno. Sin embargo, miles de semillas de zapallo, tomate, pepino… van entre los residuos domésticos diariamente hasta los vertederos de los camiones recolectores, pero en los basurales no germinan. Lógicamente, allí hay muchos elementos que impiden su crecimiento. La falta oxígeno, de luz solar y la toxicidad química del entorno, impiden el milagro de la vida.
En el ámbito espiritual sucede algo similar. Dios utiliza la semilla de su Palabra (véase Lucas 8:11), para darle a los hombres la vida eterna, pero el terreno del corazón debe estar apto para que la siembra no sea infructuosa. Según la parábola del sembrador (véase Lucas 8:5-8), el estado del corazón es fundamental para que la simiente de fruto. Esto satanás lo sabe perfectamente, por eso dificulta la tarea de todas las maneras posibles. Quita la semilla, endurece el terreno, llena los corazones de afanes que ahogan el crecimiento. Además, hunde a los hombres en las tinieblas para que la semilla no tenga luz y llena sus almas de cosas tóxicas y nocivas.
Estando en un entorno así, sin la intervención divina, nadie podría “renacer para una esperanza viva… por la Palabra de Dios” (1 Pedro 1:3 y 23). Sin embargo, Él obra por medio de la santificación del Espíritu sacando al hombre de toda esa inmundicia e implantando la Palabra, para que crean en Jesucristo y sean salvos.
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