“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:29,30)
Un cristiano contaba que una vez compró un auto usado muy antiguo, al cual le colocó una alarma sofisticada. La elección no fue buena. Los sensores del dispositivo fallaban y tenían errores. Un técnico finalmente le aconsejó que, debido al deterioro del cableado eléctrico, le convenía más una alarma simple, pues la que tenía era muy sensible para el estado del auto. Esto, le hizo reflexionar sobre su vida espiritual. Todos nacemos como seres terrenales, pero, cuando nos convertimos a Cristo, nos transformamos en personas espirituales (Véase 1 Corintios 15:46-48).
Con Cristo en nosotros y dirigidos por el Espíritu Santo, los creyentes podemos actuar espiritualmente y ser utilizados por el Señor en su obra, como herramientas competentes en sus manos. Esto es un gran privilegio, pero ¡Cuidado! Nuestra espiritualidad es también sensible como los sensores de las alarmas complejas. Por ejemplo: “Palabras corrompidas” que pronunciemos, o aquellas que no sean útiles para la edificación, contristan al Espíritu Santo, (Véase Efesios 4:29, 30).
Lo que ensucia nuestra mente, y las reacciones carnales que se manifiesten en nosotros como parte de nuestra conducta, interrumpen la comunión con Dios, apagan al Espíritu y nos anulan espiritualmente.
Cuando esto sucede, inmediatamente debemos confesar nuestras faltas ante el Señor, pues si seguimos adelante, obrando en las cosas espirituales por oficio, no generaremos ningún valor y el Señor que ama la verdad en lo íntimo, (Véase Salmo 51:6) tendrá que reprendernos.
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