“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13)
“Por tanto, confesaré mi maldad, Y me contristaré por mi pecado” (Salmo 38:18)
“Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día”; “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:3,5).
Esa fue la experiencia de David, un hombre conforme al corazón de Dios (Véase Hechos 13:22), quien pecó, adulterando con Betsabé y haciendo matar a Urías heteo, su esposo.
Mientras David encubrió su pecado, se consumió de tristeza. Hasta que fue aliviado, cuando arrepentido, confesó todo ante el Señor.
Porque como enseñan las Sagradas Escrituras: “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).
En tiempos de Esdras y Nehemías, luego de que el pueblo se concientizara de haber pecado, uniéndose en matrimonio con mujeres extranjeras, se humillaron, las despidieron y confesaron su pecado ante el Señor (Véase: Esdras 9 y 10; Nehemías 9, 10 y 13).
De esa manera, quienes confesaron el pecado y se apartaron, alcanzaron también misericordia.
Ellos debían proceder así, pues Israel era una nación teocrática y bajo el pacto Mosaico, la ley prohibía las uniones con personas de los pueblos paganos, pues amenazaban la fidelidad de Israel hacia Dios y la preservación del pacto, corriendo peligro de ser conducidos a la idolatría.
Hoy en día, aunque estamos en una dispensación distinta, los principios espirituales para tratar con el pecado siguen siendo los mismos.
Continúa en la parte 2
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