“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8,9)
“Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; Mas el consejo de Jehová permanecerá” (Proverbios 19:21)
Generalmente se dice que debemos aceptar todo como viene, nos guste o no, ya que «las cosas son como son y no como deberían ser» … es cierto, pero los cristianos sabemos que esto sucede, debido a las consecuencias del pecado, que las afectan. Y no olvidar que Dios, sigue exigiendo que las cosas sean diferentes: «como Dios manda».
Desde el principio, hubo algo llamado pecado, que es todo aquello que está mal, cada pensamiento, actitud, palabra o acción que se oponen a la voluntad de Dios. Que separan al hombre de su creador. Pero esto no se puede ni se quiere cambiar, la gente trata de naturalizarlo, no reconociéndolo como malo, con la esperanza de que, si todos lo vieran igual, ya no sería tan horrendo y Dios termine aceptándolo. Esto es un grave error.
No somos nosotros los que dictaminamos que está bien y que está mal, sino Dios, ante quien tendremos que rendir cuentas.
Tengamos presente: El pecado le impide al hombre estar en la presencia de Dios (ver Romanos 3:23), y naturalizarlo, no lo remedia. Para solucionarlo, debemos reconocernos pecadores perdidos y creer que Jesucristo, nuestro salvador, nos quita todo pecado. Pues al que dijere: “Pequé, y pervertí lo recto… Dios redimirá su alma…” (Job 33:27,28). “Porque si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
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