TESTIMONIO DE UN CREYENTE

Un creyente, contaba cuán triste se encontraba cuando luego de haber pecado y experimentado la disciplina del Señor en su vida, y luego de haber confesado su pecado profundamente delante de Dios, a pesar de sentirse perdonado por el Señor, no fue restaurado a la comunión de sus hermanos en su congregación.

La soledad espiritual lo abatía. La tristeza y el paso de los años lo iba minando por dentro, y sus oraciones muchas veces, aún sin quererlo, encerraban alguna forma de queja, pues no comprendía porque su restauración espiritual no llegaba plenamente y estaba como condenado al ostracismo, o a comulgar con quienes entendían la Escritura de otra manera y no, con los que él pensaba que formaban parte de esos “dos o tres congregados hacia su nombre” (Mateo 18:20) Le dolía su corazón, cuando hablándoles del Señor a los demás ,sentía como que el enemigo le decía: Si es así: ¿Dónde está tu Dios? (Salmo 42:10) Hablas de un Dios de perdón y predicas que no hay pecado que Dios no pueda perdonar, pero, “No hay medicina para tu quebradura; tu herida es incurable” (Nahúm 3:19)

Pasaron los años y él siguió adelante con su servicio dentro de lo que podía y para lo cual el Señor lo había llamado. Pero con dolor, pues siempre tenía el sentimiento interior de saber quePasó la siega, terminó el verano, y nosotros no hemos sido salvos” (Jeremías 8:20) A veces, pensaba en que, si bien la gracia del Señor lo había perdonado, también por otro lado existía el gobierno de Dios que se cumple a la par y que es imposible no experimentarlo. Sin embargo, esto, tampoco terminaba de convencerlo, pues sabía que, el gobierno de Dios, aplica para las cosas naturales de la vida, para situaciones que se deben vivir naturalmente como consecuencias de otras, y no a manera de castigo, ni para las cosas espirituales que Dios da en su gracia. Como lo son reunirse y poder estar con los hermanos disfrutando de la comunión y el perdón divino, allí donde aquellos dos o tres, reunidos hacia el nombre del Señor, dan testimonio de la unidad del Cuerpo de Cristo, con lo que esto implica.

En todas estas cosas se debatía su alma, mientras oraba incesantemente por eso. Hasta que luego de un tiempo, el Señor le hizo sentir que él lo había perdonado y que, por lo tanto, no debía torturarse más. Que si bien había cosas que él ahora no entendía, no pasaban solamente por él, sino por el estado del testimonio cristiano en ese momento, y la decadencia espiritual reinante de la cual también formaba parte. Pero, que, con todo y con eso, él debía servirlo. Y servirlo, allí donde podía hacerlo de una manera especial. Que era donde estaban aquellos que ya no tenían voz. Donde estaban aquellos que estaban vencidos o a punto de rendirse. Con aquellos que por su situación de vida cualquier congregación los recibiría con gusto, como también con aquellos a los cuales ninguna congregación reclamaría para sí. Los que oraron para curarse, pero no se curaron… Los que pidieron cosas que no recibieron y que siguieron orando por años, pero debían recibir la Palabra: ¡Bástate mi gracia! (2 Corintios 12:9) y estar satisfechos, y seguir adelante… porque él sí, podría comprenderlos.

Allí tomó aliento, y comprendió que, si bien “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29) lo que cambia muchas veces es el “púlpito”. Dios nos utiliza muchas veces, desde una posición social de reconocimiento, de honra y otras veces desde el completo anonimato, desde el lado de abajo de la rueda.  Aunque esto no quite lo que dijo el Señor: “Si alguno mi sirviere, mi Padre le honrará” (Juan 12:26) Parado frente a una congregación, o desde la cama de un hospital. El púlpito varía, el mensaje continúa.

Este testimonio, es el de alguien que, habiendo servido al Señor por décadas, cayó en pecado y fue retirado de la comunión de los hermanos. Y si bien, mediante el arrepentimiento y la confesión de su pecado, encontró paz delante del Señor, no pudo volver a gozar la comunión con los hermanos con quienes se reunía, y tuvo que continuar solo.  

“Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo” (Isaías 59:16) Esto, quizás sirva como aliento para todos aquellos que a veces no recibiendo respuesta a su oración se desalientan, sin ver que Dios sigue siendo bueno y perdonador (Salmo 86:5) El mismo Dios  que perdonó a David y que le hizo comprender que al corazón contrito y humillado no despreciaría (Salmo 51:5) Que perdonó y restauró a su puesto a Manasés  (2 Crónicas 33:13) Que tuvo compasión de su pueblo Israel y lo restaurará, tiene compasión de cada uno de los suyos, porque no hay nada que nos pueda separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Romanos 8:39) 


LECTURA DE LA SEMANA

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