LA CARNE Y EL ESPÍRITU

“Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne” (Gálatas 5:17)

“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6)


En un verdadero creyente, solo puede haber dos fuentes impulsoras de sus acciones: La carne o el Espíritu. Esto es porque todo aquel que acepta a Cristo como su Salvador, tiene vida eterna. Una vida que solo se encuentra en Él (1 Juan 5:11,12).

Un hijo de Dios, por lo tanto, debería ser siempre conducido por el Espíritu, en el poder de esa nueva vida, dejando de lado la carne a la cual está ligado como linaje de Adán. Pues, de esa descendencia, solo recibirá muerte. Porque en Adán todos mueren, y lo que procede del pecado, trae siempre como consecuencia muerte (1 Corintios 15:22, Romanos 6:23). Al contrario, por el Espíritu, en Cristo, se cosechará continuamente vida eterna (Gálatas 6:8).

Cada vez que en una persona se manifiesta la carne en: celos, susceptibilidad, rabia, maledicencia, palabras hirientes…etc., debe saber que eso es algo por lo que sufrirá, porque de eso recogerá muerte. A causa de esas acciones habrá peleas, separaciones, rupturas familiares y todo lo negativo que se relaciona con el concepto muerte. En cambio, cuando se manifieste por el Espíritu, Cristo en alguien, segará todo lo concerniente a la vida, algo de lo cual jamás se arrepentirá.

Por lo tanto: no perdonemos ni la más mínima manifestación de la carne en nosotros, sino tratemos de seguir el mandato: “Andad en el espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16).


Pensamientos para reflexionar

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