“Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:32-35)
Un cristiano recordaba lo que su abuela muchas veces solía decir: «El buen cobrador, es mal pagador». Ese dicho popular, tiene en realidad un sustento Bíblico, pues, la parábola de los dos deudores en Mateo 18:23 al 35, lo grafica perfectamente.
Cuando el mayor deudor debe responder por sus pecados, faltas y deudas, clama exigiendo misericordia, pero cuando tiene algo, aún pequeño para reclamar a otro: juzga las cosas inflexiblemente y sin ninguna contemplación.
La Biblia dice: “… sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32). Necesitamos que esto se nos recuerde siempre.
Todos podemos decir Dios mío: “Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista” (Salmo 40:12)
Entonces cuando tenemos que responder por nuestros pecados, faltas y deudas, queremos que Dios en su gracia tenga misericordia. Sin embargo, cuando debemos juzgar nosotros las faltas de nuestros hermanos, indignados por sus acciones, obramos implacablemente, mostrando que somos muy buenos cobrando a los otros, a pesar de haber sido muy malos pagadores ante el Señor.
Es triste ver que para nosotros y para los nuestros, reclamamos la gracia, mientras que para los demás aplicamos la rigurosidad de la ley sin ninguna clemencia.
Hermanos, no se trata de ser indulgentes con el mal, sino, de condenar al pecado, pero teniendo siempre misericordia con quien se arrepiente.
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