PARA MORIR HAY QUE ESTAR PREPARADO

“No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte” (Eclesiastés 8:8)

“Su confianza será arrancada de su tienda, Y al rey de los espantos será conducido” (Job 18:14)

“Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Amós 4:12)


Diariamente nos enteramos de la muerte de alguien conocido y nos entristece, pues, parten personas que nos acompañaron a través de la niñez, la adolescencia, la juventud… Personas que estuvieron de alguna manera en las etapas que más recordamos de nuestra vida, y constatamos lo que dice la Biblia: “El seol… jamás dice: ¡Basta!” (Proverbios 30:16). Aunque, frente al dolor de la muerte, podemos pensar provechosamente “porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón” (Eclesiastés 7:2). Esto es solemne, pues, un día, puede ser nuestra muerte, la noticia compartida con dolor y perplejidad.

David, cuando murió su hijo, dijo: “Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 Samuel 12:23). Esto es una realidad y debemos estar preparados para ese momento.

Morir no es cesar de existir, sino cerrar los ojos en este mundo, para abrirlos en otra dimensión, a la que los hombres llaman «el más allá». Donde al cristiano le esperan descanso y gozo junto al Señor, pues ya es salvo y nada lo puede destituir de la gloria de Dios (véase Romanos 3:23; 8:38-39). Pero, para quienes murieron en sus pecados, es distinto. Por eso, hoy es el momento de recapacitar y recibir a Cristo, pues “he aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2). Solamente, los que han sido perdonados, están preparados para ir a la presencia de Dios.


Pensamientos para reflexionar

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