LA PALABRA ESCRITA Y LA PALABRA ENCARNADA

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1 y 14)

Al Señor Jesús se aplican estas expresiones: “¿Qué enseñador semejante a él? (Job 36:22). Pues él verdaderamente maravillaba. Hablaba con autoridad, porque vivía lo que predicaba. De esto se da testimonio, porque Jesús: “Comenzó a hacer y a enseñar…” (Hechos 1:1). Por eso, cuando leemos atentamente las Escrituras, vemos que todo lo que Dios requiere del hombre, nuestro Señor lo cumplió perfectamente. Su doctrina no era como la de los religiosos, que decían, pero no hacían (Mateo 23:2,3). En él todo concordaba.

Siempre hubo una perfecta armonía entre la Palabra de Dios  y su comportamiento.

Cuando le preguntaron: “¿Tú, quién eres? Jesús respondió: “lo que desde el principio os he dicho” (Juan 8:25). Entonces, además de decir que él era lo que había declarado ser y lo que los hombres se negaban a creer, nos muestra también que él era lo que les había estado diciendo. Lo que había enseñado, lo que les había revelado de manera completa.

Él era el verbo, la Palabra. La perfecta expresión de Dios, la revelación de Dios encarnado. Cuando pensamos en esto, relacionamos lo que venimos diciendo, pues, por un lado, tenemos en la Biblia, la palabra de Dios traída por muchos hombres en forma escrita y por otro, esta Palabra hecha carne.  De manera que no podría haber jamás divergencias entre ambas.

 Esta gloria es maravillosa y solamente le corresponde a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.


Pensamientos para reflexionar

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