“En Dios solamente está acallada mi alma; De él viene mi salvación… En Dios está mi salvación y mi gloria” (Salmo 62:1 y 7)
“Un ancla tenemos que el túmido mar por mucho que ruja no puede quebrar.
La bella esperanza que infunde Jesús, legada en su muerte de angustia en la cruz”
(Himnos y Cánticos 135)
David supo verdaderamente donde encontrar el tan anhelado reposo del alma. Y dijo: “Alma mía, en Dios solamente reposa, Porque de él es mi esperanza” (Salmo 62:5)
Bueno es meditar este salmo, pues todos los creyentes decimos amén a estas palabras, como si obviamente, esta verdad fuera algo que experimentaríamos a diario sin fluctuaciones. Y no es así. Todos debemos reconocer que muchas veces, en nuestra debilidad emocional, durante la prueba encontramos aliento, no solo al confiar en Dios, sino viendo que hay posibilidades de que todo va a salir bien, que hay buenas perspectivas. Cuando alguien nos garantiza que estamos en las manos de los mejores médicos o con los mejores letrados, etc. El Salmista dice: Que todas estas cosas en sí mismas son nada y que no vale la pena confiar en ellas, ni en las riquezas, ni descansar en nada que no sea Dios. Por eso nos insta diciendo: “Esperad en él en todo tiempo… Derramad delante de él vuestro corazón” (Salmo 62:8)
Dios, sin duda, puede utilizar todas esas cosas que de antemano en su providencia ha provisto, pero de él es la gloria. “De él el poder y la misericordia” (V. 11.12)
Aferrémonos al Señor y esperemos en Él. Como dice el cántico: “Y Cuanto más bravo el piélago esté, más firme tengamos el ancla de fe”
Esperemos tan solamente de Él la respuesta, porque Él es nuestro refugio.
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