Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo (de Sicar) Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:6-10)
La mujer samaritana había sufrido muchos desengaños en su vida. Eso se presume naturalmente, pues ninguna persona puede haber tenido tantos desengaños amorosos y tantos defraudes y seguir como si nada pasara. Así se encuentran muchas personas en la actualidad pues el príncipe de este mundo engaña al mundo entero y las personas tienen un alma que se resiente a través de cada fracaso. Sin embargo, tal como en el relato, en algún momento, ante toda persona se presenta el Señor Jesús. Jesús le pidió de beber. Sin duda, el Señor, podría haber conseguido agua sin la ayuda de esa mujer, pero Jesús, pidiéndole de beber, era como que le estaba diciendo que le diera un refrigerio para su corazón, entregándole su vida. Como está escrito: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26)
Ese es el mejor refrigerio para nuestro Señor.
Ella no comprendía lo que se le estaba diciendo, necesitaba saber, cómo necesitan conocer todos, al don de Dios y quien era aquel que le decía dame de beber… (Juan 4:10) La expresión: “el don de Dios” manifiesta la salvación, la vida eterna que Dios ofrece a través de Cristo, a quien ella, necesitaba conocer para que todo cambiara.
Si tú que estás leyendo, sufres también en la vida, necesitas lo mismo. Tu vida sólo puede cambiar si recibes a Cristo como tu salvador. Él te dará el perdón y la vida eterna.
Pensamientos para reflexionar
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