“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11)
Nuestro Señor se despojó a sí mismo al venir a nosotros tomando forma de siervo. Pero, la Escritura dice que estando en esa condición, y siendo obediente hasta la muerte de cruz, se humilló a sí mismo. Obviamente, la encarnación del Hijo de Dios presenta algo inmensamente maravilloso. El hombre quiso ser como Dios (Génesis 3:5) Y él, siendo Dios, quiso hacerse hombre para poder redimirnos. Eso lo engrandece, lo magnifica, pero, la experiencia de su humillación, la hace yendo a la cruz. Por lo cual le fue dado un nombre que es sobre todo nombre. Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. (Filipenses 2: 9-11)
Hoy, los creyentes nos adelantamos a ese momento y doblamos nuestras rodillas en adoración ante el Señor a quien adoramos, pero llegará el momento en el que todos deberán hacerlo. Los seres celestiales que están en el cielo. Los hombres que están en la tierra, y los seres infernales de debajo de la tierra.
El testimonio de poder en esas esferas se vio claramente en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, cuando “Jesús, entregó el espíritu. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros…” (Mateo 27:50-52)
Pensamientos para reflexionar
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