EL LAVAMIENTO DE LOS PIES (Juan capítulo 13)

Cuando Jesús, estaba a punto de volver al Padre, consciente de que dejaba a los suyos en un mundo mancillado por el pecado, lavó los pies de sus discípulos dejándonos una enseñanza espiritual y hermosa. Diciéndonos: “Ejemplo os he dado” (Juan 13: 15)

El lavacro de los pies era algo común en aquellos tiempos y en aquel lugar. Los caminos eran polvorientos, todos usaban sandalias, y se acostumbraba, al  recibir una visita, como gesto de cordialidad,  traer  agua y lavarle los pies. Por lo general, quienes se ocupaban de este menester eran los siervos, pero, muchas veces; como gesto de amor y de reconocimiento,  era el  anfitrión mismo que lo hacía.

El Señor Jesús, estuvo entre los suyos “como el que sirve” (Lucas 22:27) y en aquella ocasión “se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo  y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.” (Juan 13:4,5) Lo que hizo el Señor en aquel momento, los discípulos no lo comprendieron: “más lo entenderían después”.

Muchos se han preguntado si esto que hizo el Señor Jesús, ¿debemos seguir haciéndolo literalmente, o  interpretarlo como un acto simbólico, e imitarlo, dándole un sentido espiritual? A esto, podemos decir, que si bien el acto del lavacro de los pies, denota humildad, hacerlo literalmente sería solamente un rito. En cambio, cumplirlo en su sentido espiritual, sería algo beneficioso porque nos ayudaría a mantener nuestra comunión con Cristo.

Pensemos un poco en su significado espiritual. Nosotros, que  ahora vemos esto, iluminados por el Espíritu Santo, luego de que el Señor consumara la obra de la cruz y renovara nuestro  entendimiento; nos maravillamos al contemplar cada detalle, aplicándolo espiritualmente a nuestras vidas.

Los pies en las Escrituras, nos hablan de nuestro andar. La Biblia dice: “Haced sendas derechas para vuestros pies” (Hebreos 12:13) Los pies, son los que se ensucian al caminar, pues lo hacemos  todavía sobre un terreno manchado por el pecado. Cuando entremos en la gloria, donde se nos dice de “la calle de la ciudad que era de oro puro, transparente como vidrio” (Apocalipsis 21:21)  Ya no correremos el riesgo de  ensuciarnos, pues, allí no entrará nada inmundo (Cáp. 21.27)

Aquí tenemos una gran enseñanza espiritual para tener presente.

Los que hemos sido lavados de nuestros pecados por medio de la sangre de Jesucristo. (Apocalipsis 1:5) estamos limpios de una vez  para siempre, pero, con todo y con eso, necesitamos aún lavar diariamente nuestros pies, ya que al transitar por la vida, muchas cosas nos ensucian la mente y el corazón. Son cosas comunes que inevitablemente encontraremos a cada paso. Cosas que vemos, conversaciones mundanas, palabras sucias que escuchan nuestros oídos… Estas cosas contristan al Espíritu Santo en nosotros, por eso, requieren de nuestra parte vigilancia, y un lavamiento constante,  para que nada de eso quede adherido y nos ensucie, pues, aunque sean cosas cotidianas  y hasta a veces inevitables, interrumpen nuestra comunión con el Señor Jesús.

El Señor sabía que sus discípulos encontrarían muchas cosas que interrumpirían la comunión con él, por eso les lavó los pies. Pedro, al ver a su Señor, tomar esta actitud humilde, dijo enfáticamente: “No me lavarás los pies jamás” (Juan 13: 8) a lo cual el Señor le contestó: “Si no te lavare no tendrás parte conmigo”. Esto, no quiso decir que sin el lavamiento de los pies no iba a ser salvo, y que lo negaría delante de su Padre; sino, simplemente, que si no lavaba sus pies, “la parte” de su comunión con él,  se iba a interrumpir.

Pedro, que amaba a Jesús y que no quería estar lejos de su Señor, dijo: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”, pero Jesús le dijo: “el que está lavado (Aquí, la palabra lavado, en el original griego equivale a bañado. Es decir, limpio completamente) no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio” (Juan 13. 9:10).

Pedro y todos los creyentes que hemos recibido al Señor Jesús como nuestro Salvador, estamos completamente limpios; “Porque la sangre de Jesucristo… nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7) pero, como alguien  que acaba de bañarse, nuestros pies se ensucian al transitar; por eso, necesitamos siempre que el Señor nos lave.

El elemento que el Señor utiliza: Es el Agua. El agua en las Escrituras es símbolo de la misma Palabra de Dios. Esto lo vemos en (Juan 15:3) “Vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado”  y en (Efesios 5:26)  Donde se nos dice que el Señor, purifica a la Iglesia “por el lavamiento del agua por la palabra”

La Palabra nos ilumina y muestra nuestros errores, pero, también, nos conduce al arrepentimiento y nos  lleva a la confesión de la falta. Por lo tanto,  así como algo que se ensució, si lo colocamos en agua, se va limpiando; si dejamos que la Palabra  actúe en nuestros corazones, producirá  la restauración de la comunión que se había perdido.

Al llevar a cabo este servicio, nuestro Señor,  tomó ciertos recaudos, de los cuales extraemos algunas enseñanzas considerables:

 Primeramente, se quitó el manto, y tomando una toalla se la ciñó. Cuando Jesús vino al mundo, llegó a ocupar el lugar de un siervo. No vino para ser servido, sino para servir.  Allí se despojó a sí mismo, como quien deja su manto de gloria. Éste es el mayor ejemplo de humillación.  Luego, se ciñó la toalla, enseñándonos que para el servicio, hay que estar bien ceñidos. Sujetos interiormente, como él lo estuvo con la verdad y la justicia, como un cinto para sus lomos. (Efesios 6:14 Isaías 11:5)

Así se inclinó, bajó a nuestra altura, y con amor y humildad, comenzó a lavar los pies y a enjugarlo con la toalla con la que estaba ceñido. ¡Qué ejemplo maravilloso! Hoy nos toca a nosotros lavarnos los pies los unos a los otros, y ejemplo nos fue dado para hacerlo cuidando cada detalle.

La Palabra nos enseña que debemos amarnos y cuidarnos los unos a los otros, y jamás desinteresarnos y decir como dijo Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9)

Hermanos y hermanas, podemos ayudarnos corrigiéndonos mutuamente. De las mujeres se dice: “Que tenga testimonio de buenas obras, si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad, si ha lavado los pies de los santos…” (1 Timoteo 5:10) Este pasaje, también  podemos aplicarlo espiritualmente y veremos. ¡Cuán útil es! que haya hermanas que sepan lavar los pies de los santos.

Lavar los pies de los santos es aquello que debemos hacer, cuando algún hermano está en alguna situación que necesita que se lo ayude por medio de la agua de la Palabra de Dios, para que nada le impida disfrutar de la comunión con el Señor Jesús.

Cuando vemos a un hermano mal, equivocado en su postura, desalentado en las cosas de Dios; entonces, en lugar de tomar una actitud crítica, por el contrario, con mucho amor, y sabiduría, podemos llevarlo a verse en la luz de las Escrituras y en contacto con el agua de la Palabra, veremos cómo corrige y  limpia  aquello que interrumpía su gozo con el Señor.

Sin embargo, tengamos presente, que éste es un servicio de amor que debe hacerse con humildad. No es solamente aplicar la Palabra, como quien toma el lebrillo y  arroja el agua sobre los pies de su hermano. Sino, como lo hizo nuestro Señor, con amor, bajándonos para llevarlo a cabo con sumo cuidado.   

El Señor se despojó de su manto, porque se humilló a sí mismo tomando forma de siervo. Más  nosotros, debemos despojarnos de todo lo  que pudiese impedirnos un servicio efectivo.

Despojarnos de prejuicios, de sentimientos de superioridad, como si no fuéramos igualmente capaces de obrar como ellos están obrando, y así, bajar hasta la posición del hermano.

Para esto deberemos estar bien ceñidos. “Ceñidos vuestros lomos con la verdad” (Efesios 6: 14) Algo imprescindible, para que todo se haga según el pensamiento de Dios.

Otro detalle que debemos recordar siempre, en cuanto al ceñirnos, es que como las vestimentas se usaban sueltas, era necesario que los siervos y los soldados, estuvieran siempre ceñidos,  para tener plena movilidad.

En el Evangelio de (Marcos capítulo 14: 51,52) Tenemos el relato de un joven que quiso seguir al Señor y estaba vestido únicamente con una sábana. Al parecer este joven, estaba bien decidido y despojado de todo, pero le faltaba algo primordial. Y era, estar ceñido,  pues nos dice el relato, que cuando lo prendieron, “dejando la sábana, huyó desnudo”. ¡Qué pena! Alguien dispuesto a servir, pero que al no estar preparado, tuvo que salir huyendo dejando al descubierto su carne.

Si quisiéramos corregir a alguien sin ceñirnos espiritualmente, lo cual sugiere sujetar pensamientos y sentimientos con la verdad; pronto también dejaríamos entrever la  carne. Nuestra carne obrando por prejuicios, con parcialidad,  o  sentimientos preconcebidos.

Si por el contrario, estamos bien sujetados, haremos un buen trabajo, y esa misma verdad que nos ciñó para poder hacer el servicio, será también aquella que enjugará y secará esos pies, de modo que nadie note lo que hemos hecho. Los pies mojados, sin secar; ponen en evidencia ante los ojos de todos, que hemos ayudado o corregido a un hermano, y en esto debemos ser muy discretos, recordando que el amor no publica las debilidades, sino que “cubre multitud de pecados” (Santiago 5:20)

Amados hermanos, prestemos atención a estas enseñanzas prácticas que encontramos en el ejemplo de nuestro Señor.

En la Palabra lo encontramos todo. Ella siempre nos enseña cómo debemos obrar: “Al anciano… Exhórtale como a padre; A los más jóvenes como a hermanos. A las ancianas como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5: 1-2)

Finalizando estos pensamientos,  es preciso decir, que este lavamiento, también debemos hacerlo nosotros mismos en lo personal, cuando el Señor nos hace sentir que  algo  nos ensucia espiritualmente. Allí, inmediatamente, debemos recordar, lo que el Señor dice en su Palabra, no tratando de justificar nuestras acciones con nada. Que sea la Palabra  la que se aplique,  ya que ésta, nos llevará entonces al arrepentimiento y  la confesión;  y recuperaremos la comunión.

Los Sacerdotes en el Antiguo Testamento, no podían entrar en el Santuario de Dios,  sin antes, lavarse en la fuente de bronce.  

Esto nos enseña a  examinarnos y confesar nuestras faltas antes de presentarnos delante Dios, conscientes de que debemos hacerlo, cada vez que nos demos cuenta de que algo nos ha ensuciado enturbiando nuestra comunión, y no dejando este ejercicio,  únicamente para los domingos antes de la reunión. Si así lo hacemos,  nuestra parte con  el Señor estará asegurada, y un gozo santo inundará nuestro corazón.


Lectura de la semana

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